CALMA DEL PAISAJE
VALLE EL RADAL
Cuando pienso que voy a morir, me voy al parque de los robles y entre sus cortezas grises hundo la mirada hasta que duela en mis entrañas, pues allí, en la paciencia de sus vetas, encuentro la calma necesaria. Otras veces lo miro desde abajo y paseo entre sus ramas hasta encontrarme con las estrellas que coronan sus copas. Esa noche, se convierte en calma su mirada.
Solo ayer, reconocí esas luces acomodarse en el firmamento y en mi pensamiento, solo faltaba enredarme entre sus ramas verdes y las luminosas estrellas. Es lo que siento.
Vuelvo a esos pagos y son los de siempre los que me reciben agitados por la suave brisa que se desprende del río. Digo que me reciben, pero no es cierto. Hay un lucumero que se pliega a los colores del roble. Él, aporta el suave de las hojas, el aroma de un fruto amarillo que se equilibra entre sus varillas, tan delgadas como los rayos del sol que apenas asoman por la quebrada. Cuando creo que estoy ocioso y cansado de nada, me voy al bosque a encontrarme con el agua. Le pregunto por su amigo el roble y si me extraña. Su mirada clara y su timidez de orilla, no me dicen nada. Pero se retira sin querer alejarse y murmurando algo conocido, como rumor de agua.
Cuando creo que los necesito, el tiempo es nada, pues con el primer verso en la esquina verde del cerro, ya estoy en casa. Y vuela la torcaza dando aviso de la llegada y, a la vera de mi carpa, parlotean sin vergüenza un jilguero, un zorzal, un picaflor, una diuca, un cachuo, un chercan, un chucao y tocando su tambor, el petirrojo escondido entre las ramas. Por sobre el espacio, por sobre el sol que no me toca y como acordes de guitarra desafinada, llega el saludo de los que no salen del agua; el cuervo, el jote, la correntina y el guairavo. Los acaricio con la mirada y, ellos tan consciente de lo necesario, se llevan los pesos humanos, lo mismo que hace el agua cuando hundes tus manos en ella y te lavas la cara. Miro el muro del cerro y en esa humedad tan distinguida, disfrutas la calma del paisaje que invade el alma y la deja descansada.
Ahora, voy a hundir el sol en la mar y que las sombras de los habitantes del plano se tornen plateados. Como los cabellos de la madre de la puntilla y sus pinares. Y en una noche, como un barniz brillante y costoso, sus palabras se van pegando en cada uno de nosotros cuando revuelve el mate con la sabiduría de sus manos. Un silencio de lago rodea la casa cuando ella escarmena sus recuerdos. Su mirada baja es respeto. Su respeto es la experiencia. Su experiencia es la que nos resuelve los dilemas. Mientras un brasero resguarda sus cenizas, ella, como si dibujara las palabras entre las brazas, va relatando cosas que nos van apretando el alma. “A esas tierras, no había como darle forma, eran puros abrojos no más. Hasta que mi viejo metió sus manos en ella.”
No quería imaginarme nada. Solo la miraba. Ella, arrinconada por un mate de agua clara, daba la sensación de una dama de laguna encantada. Con su cabellera blanca como la estela de la luna. Con su mirada fresca y serena. Con sus manos que dibujan el aire y no le guardan resistencia alguna. En la penumbra del comedor, ella era toda. En los muros de adobe descascarados. En las ventanas llenas de paisajes. En esos cuadros colgados soportando la luz de las velas. En esas vigas de pino que sostienen el cielo, éramos todos, apenas un silencio de respeto acumulado. Afuera, la luna se enredaba en los cuellos de la cisneria para acercarse a ella. A escuchar también, la melodía de sus palabras, de sus relatos tan ciertos.
Y nació la luna y la voy a meter al agua. Así, el cielo será lo mismo que la laguna y en ese plano donde el trigo era niño, hoy está sembrado de un hermoso ramillete de cariño. En esa estancia solo he pensado ser más niño de lo que antes fuera. Para quedarme en esa puntilla y ver como esa huella que dejaron viejos tan buenos han marcado mi camino. No es la tierra, ni los habitantes en ella. No son los pinos ni nada que se les parezca. Solo es el aire que dibuja sonrisas. Ese aire de pertenencia, ese aire de acogida, ese aire de tranquilidad y paz, que te da la familia de Elena.
LAGUNA TORCA. LLICO
MAMA ELENA




No hay comentarios:
Publicar un comentario